Ahora no sabría por dónde empezar, pero creo que lo suyo sería empezar por el principio, valga la redundancia. (Siempre he querido escribir eso)
Mis padres son emigrantes andaluces que por los años 70 se fueron de su Andalucía natal, como tantos otros, para Cataluña a “ganarse las habichuelas”. Sí, soy catalán, nací en Cataluña y me críe en un pequeño municipio dormitorio de la periferia de Barcelona. Como comprenderéis mis inicios con el fútbol estarían muy marcados por aquel Dream Team de Johan Cruyff, aunque mi padre, bético, ya me insistía con un equipo con rayas verdiblancas que por aquel entonces me parecía gracioso.
Gracioso, también, porque me acuerdo cuando me llevó mi padre a la peña bética de mi pueblo por primera vez. Recuerdo yendo para el local y ya había un tumulto gritando y cantando en la puerta. Claro, yo no había visto nada parecido ni con la ansiada copa de Europa del 92 (La cual me cuenta mi santa madre que lloré, pero creo que no fue de emoción sino por el susto de aquel gol de Koeman que seguro me pilló durmiendo). Entré en aquel local y todo eran risas, bromas, gente bailando sevillanas, un billar por aquí, un futbolín por allá. Yo estaba feliz ya, pero claro había partido de un tal Betis. Mi padre me llevó más adentro del local donde encima de un tablao flamenco, donde minutos antes bailaban unas chicas vestidas de sevillana, había una tele donde vimos el partido. No se veía nada, pero nada de nada. Yo no diferenciaba quien era el Betis y vete tú a saber quién era el otro equipo. Yo me entretenía mirando a la gente, observando sus reacciones en cada jugada, los insultos al árbitro y los chascarrillos que sin entenderlos me hacían gracia solamente por el arte de cómo lo decía. Miraba para un lado y me quedaba mirando unas banderitas de Andalucía que colgaban del techo de punta a punta de aquella sala. Miraba a otro lado y veía una vitrina llena de trofeos de toda clase de formas y colores. Observaba el color de las paredes, con ese verde intenso que me hipnotizaba hasta que vino el gol. Aquella vez no me asusté, vi a todo el mundo con los brazos en alto y traté de imitarlos instintivamente. Salí de ese local más bético que el Risitas, pero aún había más, un conocido de mi padre le sugirió que me apuntara a jugar a fútbol y claro, como me iba a negar.
Pero claro, aquel Barça no paraba de ganar, pero sinceramente, ya no era igual. Por muchas ligas de Tenerife que ganaran ya no los veía igual. Yo ya tenía el gusanillo de aquel equipo de Serra Ferrer. Hasta que un día me dijo mi padre de ir a verlo en vivo y en directo. Dije que sí sin ser consciente de lo que iba a pasar. Fuimos a aquel antiguo estadio de Sarrià en todo el medio de Barcelona. Veía muchas banderas blanquiazules, yo no entendía nada, tendría unos 8 años. Hasta que oí un “MUSHO BETI, MUSHO BETI, EH EH”. Y me dije: "Ahí están los míos."
Nos mandaron al gallinero, detrás de una portería, sin esos cómodos sillones que tienen los lujosos estadios de hoy en día. Todo hormigón por dondequiera que vieras. Y salió aquel Betis, y vi como caían papelillos y rollos de papel higiénico por encima mío como una lluvia inesperada de verano. Yo, que me había estudiado el día antes el nombre de cada uno de los jugadores de aquel Betis de un calendario que me habían dado en la peña. Me daba igual si alguno fallaba un pase o llegaba tarde en un cruce, yo solo quería decir el nombre correcto del jugador que en aquel preciso momento tenía la pelota: - ¡Cuellar! - ¡Cañas! - ¡Aquino! -¡Stosic! No fallaba ni uno. Recuerdo que la gente de mi alrededor se sorprendían de mi atino. El partido quedó 0-0 y por lo que le oía decir a mi padre debió ser un bodrio de partido considerable con un Serra Ferrer muy conservador. Pero yo estaba más contento que cuando vi ese 5-0 del Barça de Romario al Real Madrid.
Con el tiempo, fui pasando mi adolescencia entre alegrías y malos ratos de unos y de otros, pero mi niñita (que diría Pep) era mi Betis. Disfruté con el Barça de Rivaldo, Figo y cía. Pero yo solo tenía ojos para esas botas Joma blancas de Alfonsito, esas galopadas de Finidi por la banda, las cosas exóticas que se inventaba Denilson. Después vino la era de Ronaldinho que revolucionó la mentalidad del barcelonismo tan derrotista como fue la era Gaspart, la cual fue la que más identificado me sentí con el Barça. Veía culés renegando y maldiciendo a Riquelmes, Saviolas y todo aquel que pasaba por aquel Barcelona sin pena ni gloria, y pensando para mí mismo: "¿Qué harían si se vieran esos mismo culés en Segunda?" No lo querría ni imaginar. Ronaldinho era otra cosa, algo diferente, sí, y mientras ese equipo de Rijkaard -lo he escrito bien sin tener que mirar en Google- iba haciendo historia, me deleitaba con el arte de un tal Joaquín que vivía por aquella banda derecha del Villamarín. Ese Betis de Oliveira, Fernando, Capi, Edú, Marcos Assunçao, Arzu, Juanito, Dani… ¡Esos eran los míos!
Y vino ese fruto que esperaba tanto tiempo. Esa Copa del Rey. QUÉ COPA DEL REY, SEÑORES. Con permiso de Don Florentino Pérez, para mí fue la mejor Copa del Rey de la historia. Esa semifinal contra el Athletic Club donde me comí las uñas hasta llegarme al tuétano. Esos penaltis, ¡Dios mío! Ese Lembo que yo creía que la mandaba al limbo, pero no, lo metió, y después del fallo de Ezquerro vino el gol de Luis Fernández que nos dio ese pase a la finalísima.
Y vino la final contra Osasuna, pero yo ya era feliz. Era feliz hasta antes de la jornada 34 de esa liga donde estábamos fuera de Europa y a 6 puntos del Sevilla. Justo antes de esa remontada tan épica yo ya era feliz, porque era del Real Betis.
Después de eso vino, como ya sabéis una época muy mala para mi Betis, pero insisto, yo seguía siendo feliz. Y aquí me hallo, a mis 27 primaveras, disfrutando como un enano de este Betis de Mel como cuando estaba en aquel estadio feo como era Sarrià (Me perdonarán los periquitos) pronunciando el nombre de los jugadores que me había aprendido.
Lo reconozco, soy un bético atípico. Medio culé y catalán. Sé que no soy de Sevilla, aunque tenga raíces sevillanas. Sé que no soy abonado, ni puedo disfrutar del Villamarín cada domingo, ni sé lo que es convivir con la guasa de tener que aguantar a sevillistas recordándome por cuánto han ganado. Pero soy bético. Y creo que ese bético que he retratado me entendería, porque nos une una misma cosa: EL REAL BETIS BALOMPIÉ.
Espero no haberos aburrido mucho contándoos mi vida y agradecer a Hooligans Underground la oportunidad de poder expresar una pequeña parte de lo que es para mí el Real Betis.
Quería terminar diciendo que los béticos decimos que ser del Betis se nace no se hace, pero yo me hice. Pero cada vez que me pongo delante de la tele o voy al estadio para ver al glorioso, vuelvo a nacer.
Un saludo a todos y, ¡VIVA EL BETIS MANQUE PIERDA!
Twitter: @josercs1907
No hay comentarios:
Publicar un comentario