Las mocitas madrileñas, convertidas ahora en rameras por la prensa española, están hoy de luto. Su rostro no muestra ningún atisbo de alegría. Están de luto y esta vez se han puesto guapas para asistir al entierro de su tan amado Real Madrid. Sus llantos son implacables e inevitables. Durante algo más de 1000 días, han visto como un tipo –con su brazalete nazi atado en su brazo izquierdo- espontáneo, algo canoso y con ademanes que indicaban que bajo esa curtida piel y esa mirada fría/calculadora; se escondía un tipo con fines benévolos: levantar al escudo del Real Madrid, con 111 años a las espaldas, de un profundo y espeso charco de estiércol. Mientras recordaban con devoción esa época, brotaban más lágrimas de sus ojos. Todo había sido en balde.
La gente sabe muy bien que está pasando en ese charco. Y no gusta. Cada persona que pasaba por ahí, anualmente, se quedaba pasmado. Mirando ese charco con curiosidad. Algo tenía ese pequeño lodazal que miraba con cierta complicidad al tipo y conseguía que éste se revolcara con él en la mierda. Hasta que se cansaba de sostener al individuo y se lo tragaba. Así uno tras otro. No fallaban.
Corría el año 2010. Al encontrarse con ésa mirada, tan diferente, tan particular, el charco sabía que algo bueno no iba a suceder: ¡¡El Portugués que le visitaba no se quería tumbar!! Y claro, esto generaba cierta expectación de tipos con bambas Naik, camisetas del mercadillo y los pantalones embarrados de jugar en la hierba. Y con su hoz en la mano. Poco a poco se iban acercando, y rodeaban al protagonista. Comenzaron a proferir infortunios desde la pequeña muchedumbre que allí se había reunido: “¡¡Gitano!!” “¡Antifútbol!” “Hijoputa”. El Portugués no podía responder, pues ellos tenían unas pequeñas capas que les protegían: campechanía, humildad, señorío, campeón del mundo y Europa, creyó escuchar el Portugués.
Al tender la mano al escudo, embarrado, sucio y con la mirada cansada; más de uno se desmayó. “¡¡Te estás cargando el señorío del Madrí!!” Y claro, cada vez se iban aglutinando más campechanos allí. Cada vez más presión. Cada vez se acercaban más. Él no tenía ninguna mala intención, sólo sacar a ése pequeño escudo del lodazal.
Con ciertas dificultades, el escudo le tendió la mano. Se apretaron los dedos y el Portugués comenzó a hacer fuerza para sacarlo de ahí. Apretaba y apretaba, pero el objeto parecía bien enganchado. Mientras tanto, tenía que aguantar como la tensión en el entorno del charco aumentaba, cada vez eran más y más cerca. Le escupían, mancillaban su honor… ¡¡le gritaban al oído!! Y es que el Portugués llevaba tres años tirando del escudo, que salía poquito a poquito, centímetro a centímetro.
De repente, emergió del lodazal una figura de fango en forma de roedor. Tenía cosas de un hámster, por ejemplo, que tenía un cierto gusto por las pipas. Pero no. No era un hámster, sino un topo. El Portugués pensaba que le ayudaría a tirar, así que le ofreció una de sus manos para pedirle que colaborase. El topo la aceptó, pero se la torció al instante. El Portugués se dolió y toda la gran masa que le rodeaba, le saltó encima. El topo, unido a la muchedumbre, mordía la espalda del tipo; e invitaba a sus amigos campechanos que le ayudaran a empujar hacia abajo.
Llegó el momento. Las manos del escudo y el Portugués se separaron y éste acabó hundido y tragado por el lodazal de nuevo, mientras la muchedumbre marchaba risueña a casa. Sólo un grupo de personas –todas féminas-, vestidas de negro permanecieron allí. Eran las mocitas madrileñas, que lloraban y juraron aguardar allí con el escudo de por vida. Le juraron fidelidad a él y al Portugués que había muerto, como otro más, en el charco.
Pasaron los años, y bajo la mirada de las mocitas, iban llegando nuevas personas al charco. Todos caían conquistados por la complicidad de su mirada. Y, anualmente, morían ahogados. Y las mocitas esperaron a que llegara otro como el Portugués. Pero no llegó. Jamás. Por eso será sempiterno en sus almas.
Carlos Rojas
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